Apostar por la singularidad.

Apostar por la singularidad.


El individualismo actual se caracteriza por la consecución del goce inmediato, sin mediar palabra, lo que acaba dejando al sujeto a solas  con la pulsión de muerte. De ahí la multiplicación de adicciones (drogas, internet, deportes de riesgo) o la fragilidad del lazo social, evidente en la escasez de movimientos solidarios y reivindicativos, a pesar de que en la sociedad, al igual que en la neurosis, el sadismo del superyó exige más al sujeto cuanto más se somete. No hay que olvidar que la cultura no es sólo el pacto simbólico que posibilita la convivencia, además alberga en su seno la pulsión de muerte. 

Este panorama ya fue analizado por Freud en El malestar en la cultura (1930), un ensayo que, escrito en plena época de consolidación del nazismo, permanece vigente. Buscar la felicidad total es una premisa universal que mueve a la humanidad. Reconocer que eso es imposible, que siempre falta algo y en consecuencia se desea, es la vía del psicoanálisis. La sociedad de consumo engaña al ciudadano prometiéndole que todo es posible, incluida la satisfacción completa. Intenta matar el  deseo pretendiendo cubrir esas carencias con el  objeto de consumo. Así surgen paradojas como las de sectores sumergidos en la pobreza inundados por televisores, móviles y otros objetos  tecnológicos, o la profusión de comentaristas que lo saben todo sobre todo y en todo momento.


¿Es posible tener otro tipo de vínculo social  o nos instalamos en el pesimismo? 


El psicoanálisis apuesta por una ética del  deseo. Reconocer que el ser humano es siempre incompleto es aceptar nuestra propia singularidad y la de los demás, respetar al otro y salvar al sujeto de sucumbir en la identificación masiva de la globalización. 

Se trata de una ética de la responsabilidad, no de la culpa, porque el sujeto, a pesar de estar atravesado por el inconsciente, es responsable de sus decisiones, aunque sean forzadas por la cultura, ya que esta es una combinatoria de elecciones. 


En este sentido, el escritor es responsable de las palabras y los temas que elige, y también de sus efectos, así como el lector lo es de las lecturas que realiza.

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